La última parada

Un viaje cotidiano por las capas visibles e invisibles de la ciudad

Del margen al centro: lo que muestra la ventana

Esta reflexión surge hace algunos años, y reflota cada tanto en conversaciones, recuerdos y situaciones crónicas que se repiten en la ciudad:

Me apresto a volver a mi hogar mediante la utilización del servicio público de pasajeros. Es decir, me tomo el colectivo, ómnibus, bus, “bondi” o como se le llame en otros lugares. El trayecto hasta mi casa tarda entre 45 minutos y 1 hora, dependiendo la época del año y el caudal de tráfico en las “horas pico”. Durante el viaje la nave atraviesa la zona sur de la ciudad, iniciando en la periferia, y se va acercando hasta el centro de la misma. Desde el comienzo y hasta el final del recorrido puedo observar, metro a metro, cómo se va modificando no solo la ciudad sino su dinámica. Al comienzo, en la periferia, mucha desorganización, servicios básicos insatisfechos, un puente que pareciera que en cualquier momento se cae, informalidad en muchos sentidos.

Mientras va ingresando a la ciudad en pleno, cruza barrios populares y, a partir de allí, observo mayor cantidad de negocios y servicios. Pasamos por la universidad donde hay una bicisenda recién terminada; comienzan a aparecer automóviles de modelos más nuevos y así hasta llegar a la zona más dinámica, densamente poblada y de mayor oferta y demanda de la ciudad: el centro.

Si bien esta descripción es real, basada en mi rutina diaria, posiblemente no haga falta ubicar nombre alguno a la ciudad en cuestión. Muchas de ellas, al menos en estas latitudes, repiten ciertos “patrones”, como ser: los márgenes pueden contener barrios de elite, como countries, o barrios populares que carecen de infraestructura necesaria para un mejor desarrollo, así como también la concentración de comercios y servicios en la zona céntrica.

En particular he tenido la oportunidad de movilizarme por mi ciudad durante toda mi vida a partir del servicio público, y tanto en mi trabajo actual como en mi niñez se repite una constante: la última parada.

Una línea de colectivos de mi ciudad comienza su recorrido en el barrio donde crecí (el glorioso F.E.P.U.T.) y culminaba a pocas cuadras del que fue mi primer lugar de trabajo. Es decir, debía no solo atravesar todo el recorrido del bus sino que además bordeaba toda la ciudad.

En la actualidad, si bien mi hogar se encuentra en el centro urbano, mi lugar de trabajo está en la última parada de otra de las líneas de bus (en Manantial Sur). Al igual que cuando era niño, cuando llego a destino me bajo en una calle no asfaltada.

Viajar también es comprender: el transporte como mapa social

Con esto intento remarcar que, en el día a día, el bus atraviesa las zonas más pintorescas y las menos favorecidas de una ciudad, y considero que es algo que debiera interesarnos un poco más porque, en definitiva, las ciudades tendrían que comprender a todos sus ciudadanos.

De la misma manera sucede a lo largo de otras urbes y otros países. Los buses suelen ser una gran herramienta no solo para llegar a un sitio en particular, sino para poder asistir, al menos desde la ventana del vehículo, a lugares que tal vez no contengan un interés turístico, pero que por estar fuera de una ruta conocida pudieran exponer, por ejemplo, a extravíos.

Llegar a Cartagena de Indias en bus (por ejemplo) y, desde la terminal, ir hasta el centro de la ciudad en un bus urbano posibilita ver una ciudad inmensa que rebalsa a la pequeña ciudad amurallada tan bonita y pintoresca. Cabe el contraste entre la zona céntrica y el 80 por ciento restante. ¿No es llamativo que una ciudad tan conocida turísticamente, y con tantos ingresos a partir de esto, tenga tanta desigualdad urbanística?

Aquellos que pudieron recorrer Bolivia o las zonas montañosas del sur de México posiblemente coincidan en lo llamativo que es interactuar con los ciudadanos que utilizan los pequeños buses, que suelen ser muy amables para indicar el camino a seguir, además de permitir un interesante recorrido por la ciudad y llegar a lugares con vistas panorámicas impensadas.

No todo en la vida es posible. Dentro de esa generalidad, no todo es acaparable, palpable o accesible para conocer. Una persona puede disfrutar más o menos el museo del Louvre, pero para la mayoría de sus visitantes es casi imposible recordar cada una de las piezas allí expuestas y, encima, absorber conocimientos sobre cómo fueron realizadas, en qué época, por quién o quiénes y el porqué de su valor artístico o histórico. Pasa lo mismo con las ciudades: los buses, además de unir puntos de partida y llegada, permiten a los sujetos amalgamar de manera sintética de qué va una ciudad más allá de lo que el mercado del turismo ofrece como objeto de consumo. De la misma manera que, a menos que uno viva un tiempo en esa ciudad, es prácticamente imposible ubicar cada uno de los barrios que va atravesando un bus, cada uno con sus características propias.

Si bien aquí hablo más que nada de los buses, podría extenderse esto a los metros/subtes, que también posibilitan este tránsito por todos los vericuetos de una ciudad. Incluso hay líneas de metro que, por los desniveles del terreno, pasan por arriba de la calle, como en algunas zonas de México o de París. Además, podría sumar aquí el teleférico de La Paz, que cumple exactamente la misma función, aunque en este caso sí se integró plenamente en el circuito ofrecido a turistas que conocen esta ciudad.

De la postal al conjunto: identidad y conciencia urbana

Lo que diferencia, en todo caso, a distintas ciudades es que algunas parecieran tener una mayor construcción en referencia a una identidad ciudadana, que permite moverse por distintos barrios y ubicar fácilmente los puntos destacados —tanto arquitectónicos como sociales— que da lugar al reconocimiento y apropiación de ellos. Como pasa en la recién nombrada París, o también en Buenos Aires.

Creo que sería interesante que, en otras ciudades, como en SMT, donde yo vivo, podamos apropiarnos también de un sentimiento fuerte de identidad y promover la participación ciudadana para un mejor disfrute, tanto de las zonas más favorecidas como de la transición hacia los barrios periféricos.

Tal vez, si escucháramos un poco más lo que muestran los recorridos cotidianos —esas líneas que zigzaguean la ciudad entera sin pedir permiso— podríamos empezar a pensar una ciudad más consciente de sí misma. Una ciudad que no se esconda detrás de su centro ni de su postal turística, sino que se mire completa, desde la primera hasta la última parada.

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