La idea de hacer un blog de viajes tuvo como precedente la participación activa en un sitio llamado viajeros.com donde además de compartir opiniones en los foros de debate, te daba la posibilidad de escribir tus propios «diarios de viajes». Allí disfrute de esas escrituras de las cuales me serví para planificar nuevas rutas y aporté mis escritos que pueda servir a otros viajeros.
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Sin embargo, desde el 2015 hasta la fecha, la página en cuestion ha quedado caducada, encontrándose poco y nada de lo publicado durante esos años. De hecho, de los diarios de mi autoría solo he podido rescatar algunos, de los que resalto el que escribí cuando fui a Iruya. Lo transcribo, a la vez que comparto el link de la página, que parece (segun publicaciones en diferentes redes sociales), tiene intenciones de volver a activarse.
Recuerdos de Iruya
https://www.viajeros.com/guias/iruya-la-perla-andina-saltena
He publicado anteriormente varios diarios de viajes, transmitiendo en mis escrituras (o intentando hacerlo) mis sentimientos y experiencias, y sobre todo, mi punto de vista de todo lugar que he tenido la suerte de pisar, oler, tocar, sentir…
Por diversas cuestiones he comenzado a escribir mis diarios después de un gran viaje en enero 2011; pero otras historias habían quedado en el tintero. Y más allá de la distancia temporal, creo que valía la pena rescatar.
Talvez mi periplo por Iruya no contiene las grandes aventuras o hazañas, pero me es de gran importancia poder dejar la huella en palabras de lo que viví en un pueblo que realmente me encandiló.
En enero 2010 realicé un viaje por el norte argentino junto a grandes amigos. La primera escala fue Humahuaca (5 días donde recorrimos además de la hermosa quebrada, la inca-cueva, los médanos y el puente del diablo). Luego desviamos a Iruya por dos días y por último acampamos 4 días en Tilcara, para disfrutar una parte del enero tilcareño.
En fin, en lo que aquí respecta. A mitad del viaje decidimos dedicar dos días y una noche a conocer Iruya. En mi caso ya había tenido más de una oportunidad de caminar y conocer Humahuaca y Tilcara por lo que éste pueblo me llamaba mucho la atención. No era mucho lo que sabía de este pueblo más que se trataba de un bonito enclave entre montañas, con una tranquilidad infinita. Nada de ello estaba alejado de la realidad.
Llegar a Iruya no es cosa fácil. Si bien queda geográficamente en la provincia de Salta, su acceso principal es por Jujuy (por Humahuaca).
‘A lo largo de estos 19 km, el visitante contempla variedad de colores, que van del verde agreste al morado o violeta, pasando por el amarillo y el azul metálico. La montaña, en conjunto con las quebradas, ofrece a la vista caprichosas y curiosas formas que se desdibujan en el lecho del río Colanzulí, a cuya vera corre el camino’ (wikipedia)
No recuerdo bien horarios, sin embargo recuerdo haber llegado junto a mis amigos al mediodía. El colectivo se había quedado en un tramo, recuperándose luego de un tiempo, para volver a romperse después, algo que más adelante supimos, dependiendo la fecha, puede llegar a ser ‘normal’.
Pasado el percance, nos topamos con otro más normal aún. Un derrumbe, producto de una gran lluvia (frecuente en enero) que había arrasado con la mitad de la ‘ruta’ (no asfaltada) dos kilómetros antes de la entrada al pueblo. Por ese motivo, los colectivos tenían prohibido intentar cruzar por riesgo a un derrumbe peor (lógico) así que no quedaba otra que descender de los techos de los buses las mochilas (al no tener bodegas, se amarran las mochilas y maletas en el techo del bus) y caminar con todo a cuesta hasta el pueblo.
No era mucho lo que llevábamos ya que solo íbamos por una noche, así que en nuestro caso, solo una pequeña mochila.
Llegados al pueblo encontramos un pequeño hostel, muy rústico pero también muy barato. Creo haber pagado 15 pesos la noche.
Paseamos por la iglesia y alrededores, comimos en un típico bar regentado, atendido y administrado por una simpática familia oriunda del lugar. Compramos coca, unas cervezas, y nos sentamos en el mirador de la iglesia a descansar y apreciar la tranquilidad que solo este tipo de lugares puede ofrecer.
Satisfecho nuestro descanso, emprendimos la subida (calle principal donde se encontraba nuestro hostel caracterizada por ser MUY empinada) y procedimos a caminar sin reloj, sin mapa y sin orientación. ‘A donde nos lleve el viento’. No por mucho. En esa época las lluvias frecuentes aparecen sin previo aviso, y suelen traer consigo mucha agua.
Ésta no era la excepción. Al costado de la empinada calle se armaba una suerte de pequeño río o arroyo por la cantidad de agua. Nos refugiamos durante una hora debajo de una pequeña casa a esperar que la lluvia pare, tomamos fotos y reflexionamos sobre las vicisitudes y avatares de la formación de las montañas (entre otros delirios).
A la noche el cansancio se asentaba, se hacía difícil soportar los 2100 metros de altura, y la lluvia no paraba. Volvimos al hostel. Era hora de jugar al truco y pedir unas empanadas (hechas y a la venta en el mismo hospedaje). Las partidas se esfumaron en cuestión de segundos, y las empanadas, siguieron el mismo camino.
Pasadas las 10 bajamos a un pequeño espacio del hostel en la planta baja a compartir y seguir con los juegos de mesa pero con otras personas de otros rincones del país. Pero al poco tiempo los encargados nos avisan que en 15 minutos apagaban las luces de los lugares comunitarios (se suele apagar todo a esa hora en el norte) y varios emprenden una expedición nocturna al río a tocar la guitarra.
Decidimos quedarnos y encaramos hacia la habitación de un grupo de porteños y platenses a intercambiar sorbos de una bebida a base de malta y cebada. Nos llaman la atención (nuevamente) por el ruido. Paramos la pelota y nos recostamos. No había sido TAN buena idea no llevar mucho abrigo. La altura enfría y las colchas no calmaban la helada habitación! Reniego un poco, cierro los ojos y duermo. El sol en algún momento tendrá que salir.
Segundo día. Despierto con un pequeño malestar en el estómago, que con el correr del día se iría acrecentando. No habían tenido piedad con mi estómago aquellas empandas fritas de la noche anterior. Salimos a caminar nuevamente el pueblo, y yo con una botella de 2 litros de agua bajo el brazo. Caminamos hacia una comunidad colla cercana al pueblo, tratamos de caminar a la vera del crecido Río y subimos hasta donde podemos a los miradores.
Decido esperar en una pequeña gruta a que mis amigos regresen ya que mi estómago me pedía parar.
Almorzamos (mis amigos cordero, estofado y carne de llama y cerveza. Yo arroz blanco sin sal, acompañado con agua) y emprendemos la vuelta. Nos quedaba una noche en Humahuaca y otras tantas en Tilcara.
No sobraron los días en Iruya, y seguro, faltaron. Pero si por algo he tenido el impulso de compartir estas líneas, ese algo, seguramente, estará relacionado con la/s impactante/s montaña/s que rodeaban mi vista, que a la noche se la veía, sin detalles y sin texturas. Su sombra, su interminable sombra, alumbrada en sus cumbres por el asomo de una luna que no quería perder protagonismo, y rompía con una perturbadora oscuridad, pero con un profundo silencio.
Así fue que conocí Iruya, hace 3 años. Allí mis recuerdos. Y como en otros tantos lugares de este bello continente, allí también; mis ganas de volver.
